viernes, 7 de diciembre de 2012

La salud de Putin y el destino del poder ruso


Fiodor Lukiánov

La salud del presidente ruso, Vladimir Putin, se convirtió últimamente en uno de los temas más discutidos en la prensa nacional e internacional.
Una pausa en visitas al extranjero y la información sobre su lesión deportiva han dado lugar a rumores de que el Kremlin encubre el estado de salud real de su jefe, lo empezaron a comparar con el periodo postsoviético y con la época de enfermedades del antecesor de Putin, Boris Yeltsin.
Lo intensivas que son estas especulaciones no se corresponde con los hechos reales: el líder ruso no ha desaparecido, sigue trabajando aunque algo menos que antes.  Que en el mundo se preste tanta atención a la figura del mandatario ruso evidencia que el rol de Putin en la política rusa y mundial no es simplemente grande y de hecho lo están exagerando.
El año 2012 se inició con convulsiones políticas en Rusia que pusieron en tela de juicio la estabilidad del poder y a muchos les hicieron insinuar que estaba acercándose el fin del periodo del poder absoluto de Putin en el país.  La campaña electoral, las elecciones y lo que les siguió mostraron que los opositores se habían apresurado al esperar el fin de una época.
El poder se llevó el gato al agua contra la oposición, empleando varias herramientas, y para finales del año lo único que queda del entusiasmo de los descontentos es la irritación por haber desaprovechado la oportunidad y la insatisfacción por la calidad de los líderes. Y los rumores de la salud de Putin les vinieron como anillo al dedo: los adversarios del régimen, tanto en Rusia como en Occidente, que no han alcanzado su objetivo político, empezaron a esperar que el éxito venga al menos gracias a esta circunstancia. Pero tampoco parece ser justificada esta esperanza. Sin embargo, esto no quiere decir que las autoridades rusas puedan relajarse y dormirse en los laureles.
En la política rusa cada quinquenio marca cierto jalón en el estado del poder. En 1993 fue decidida la cuestión sobre el poder en la Federación Rusa, la disolución forzada del Soviet Supremo,  que actuó como parlamento, puso fin al caos de los dos primeros años tras la desintegración de la URSS, conmemorando  el rechazo a las instituciones soviéticas y el triunfo de una élite nueva.
Pasados cinco años, en 1998, aconteció el colapso económico, que hizo dudar del Estado y amenazó con un derrumbe de la élite que había vencido en 1993. El siguiente punto crítico fue el caso contra la petrolera Yukos, mediante el cual el Estado limitó las posibilidades políticas de los grandes negocios e impuso nuevas reglas. El año 2008 entró en los anales de la historia debido a la primera guerra contra otro Estado en la época postsoviética (la guerra de los cinco días contra Georgia).
El año 2013 debe convertirse, siguiendo esta métrica, en un nuevo escalón. Esto no contradice a la lógica ni a los acontecimientos. La sociedad se ha despertado, la correlación de fuerzas e intereses está cambiando. Y aunque se han apagado las chispas de protestas de los años 2011-2012, las causas que las habían generado no han desaparecido. Es evidente que el viejo modelo se ha agotado, pero no se vislumbran todavía fuerzas que sirvan de promotores para crear una estructura nueva.
¿Cómo influye esto en la posición de Rusia en el mundo? A primer golpe de vista, el efecto es el siguiente: cuando las autoridades se muestran seguras de sí y eficaces, aunque esto indigne a los socios externos, las relaciones con ellos se hacen más afianzadas. Los tres eventos -la disolución del parlamento, la detención de Mijaíl Jodorkovski y la intervención en Georgia – fueron censurados de manera relativa o absoluta por las potencias occidentales.
Sin embargo, ninguno de ellos tuvo consecuencias fatales. Al mismo tiempo, el debilitamiento del poder en 1998 conllevó una crisis profunda en las relaciones. Basta con recordar la amplia campaña anti Yeltsin en la prensa occidental de finales de los 1990, el caso de Bank of New York, la decepción general y la actitud hacia Rusia como hacia un Estado cleptocrático al borde del derrumbe y, al mismo tiempo, un monstruo aún agresivo.  Las relaciones empezaron a arreglarse con la llegada de Vladimir Putin al poder a principios del 2000.
De nuevo, una nueva manifestación de la eficacia del poder en la violenta guerra chechena, pese a su crítica en todo el mundo, hizo que se recuperase la atención global hacia Rusia. Si en entre 1998 y 1999 las columnas analíticas tituladas ‘Un mundo sin Rusia’ y otras por el estilo ya eran una cosa habitual, en 2001 a Moscú lo empezaron a ver como a un socio interesante. No se trata del doble estándar o el cinismo occidental, se trata de una simple evaluación de perspectivas: cuanto más estable se muestra el poder, tanto más sentido tiene construir algunos planes respecto al país.
Por lo cual, la resolución del hipotético problema del año 2013 es evidente. El Kremlin debe manifestar determinación y mostrar que sigue controlándolo todo. Es sobre todo importante para Putin. Su política exterior está apoyada en reputación de ejecutivo intransigente que goza de poder absoluto en el territorio sometido y por eso es capaz de adoptar cualquier decisión.
Los hábitos autoritarios de Vladimir Putin caen mal a muchos. Pero a la luz de la disfunción de la Unión Europea y polarización paralizante del sistema político de partidos en EEUU, la capacidad del presidente ruso de resolver problemas -siempre y cuando lo tenga acordado con la contraparte- produce celos.
En parte, a eso se debe el que Putin como líder ocupe en el rating informal de influencia mundial una posición mucho más alta que Rusia como Estado. Si la imagen de Putin como del dueño de toda Rusia se pone en duda en serio -sea por la inestabilidad interna, el estado de su salud o la crisis- esto afectará su reputación en el escenario mundial y, por consiguiente, a la eficacia de su política, relacionada directamente con esta reputación suya.
Es decir, al mandatario ruso le es indispensable comprobar su eficiencia, al igual que lo fue durante las crisis de los  quinquenios anteriores. Pero lo importante es que la eficiencia hoy se entiende de manera diferente a la de antes. En primer lugar, ha cambiado el oponente interno. En segundo lugar, han cambiado las condiciones externas.
En los años 1990 y 2000, Rusia y sus líderes tenían la tarea de mostrar que resistían, desde la óptica económica, geopolítica y psicológica. Las autoridades rusas, como sucesoras de la URSS, tenían que mostrar reiteradamente que tras la desintegración las tendencias destructivas habían parado y que el país seguía siendo un actor importante. En la práctica, esto significaba la supresión de diferentes “fuerzas destructivas” con tal de mostrar la fuerza y la voluntad.
Hoy, la fase del restablecimiento ya está pasada, y la tarea es diferente: no suprimir sino integrar, atraer al proceso constructivo las capas sociales que estén conscientes de sus intereses y demandas. Ya no son tan destructivos y egoístas como los adversarios anteriores, aquellos revanchistas de 1993, los oligarcas del fin de los 1990, los separatistas, etc. Están orientados, en su mayoría, a una transformación positiva.
Por otro lado (y es un aspecto externo), la capacidad de aplastar a los adversarios ya no se percibe como evidencia de eficiencia. Más bien al revés: el fallar en el arreglo de una situación sin violencia política se percibe como un fallo de la máquina estatal. El mundo está pasando por el periodo del global auge social, y ahora cualquier intento de fijar un ‘estatus quo’, parar los procesos naturales, aunque se deba a las buenas intenciones solo, pone en tela de juicio lo adecuadas que son las autoridades.  El jalón del 2013 es la combinación de la penetrabilidad de cualquier frontera, caos agravante fuera del país e intensificación de la actividad consciente dentro del país. La Rusia postsoviética ya ha superado crisis más profundas y peligrosas aún, pero entonces parecía más claro qué había que hacer y cómo reaccionar. La que está por llegar promete ser más complicada desde este punto de vista. Y los líderes necesitarán una salud firme de verdad.
*Fiodor Lukiánov, es director de la revista Rusia en la política global, una prestigiosa publicación rusa que difunde opiniones de expertos sobre la política exterior de Rusia y el desarrollo global. Es autor de comentarios sobre temas internacionales de actualidad y colabora con varios medios noticiosos de Estados Unidos, Europa y China. Es miembro del Consejo de Política Exterior y Defensa y del Consejo Presidencial de Derechos Humanos y Sociedad Civil de Rusia. Lukiánov se graduó en la Universidad Estatal de Moscú.

Viejo  Condor
RIA Novosti (SIC)
LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE RIA NOVOSTI

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